Después de la explosión en la que hubo dos muertos, cerraron todos los colegios y miles de alumnos aprenden desde entonces a través de cuadernillos. La demanda de los nenes y las rutinas familiares trastocadas. 

Dos meses sin clases: los chicos de Moreno que tienen que estudiar sin ir a...

Lee carteles desde el colectivo, o mientras camina por la calle, o cuando las letras en el televisor no pasan demasiado rápido. Así practica lectura Camila, que tiene 6 años y empezó primer grado en marzo. El 2 de agosto, hace dos meses, una explosión por pérdida de gas mató a la vicedirectora y al portero de su escuela, la N° 49 de Moreno. Las clases se suspendieron allí y, dada una medida conjunta tomada por los directivos docentes, se extendió a todo el distrito.

Sin uso. Los guardapolvos blancos de los Cuenca. Los hermanos son alumnos de
Sin uso. Los guardapolvos blancos de los Cuenca. Los hermanos son alumnos de la escuela 49, donde murieron la vicedirectora y un auxiliar (Germán García Adrasti)

Según había informado la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense al cumplirse un mes de las muertes de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez, en ese momento las 264 escuelas públicas de Moreno -de todos los niveles educativos- permanecían cerradas, y había 70.000 alumnos sin clases. Fuentes de ese mismo organismo sostuvieron este lunes que hay 75 escuelas que ya funcionan y otras 50 en condiciones de abrirse. Sin embargo, no supieron precisar qué cantidad de alumnos de Moreno permanece sin clases luego de que las escuelas cerraran ante múltiples denuncias de problemas de infraestructura. Tampoco precisaron cuándo estarán en funcionamiento ese medio centenar de escuelas próximo a recuperar su rutina. Según los expertos, la falta de continuidad escolar impacta en el aprendizaje de los chicos, y en especial en las poblaciones más vulnerables. 

Camila Cuenca es sólo una: la semana pasada, sus maestros evaluaron sus avances en lecto-escritura con una prueba que le tomaron a ella y a sus compañeros en el baldío que está justo al lado de la escuela a la que le explotó un salón. Ahí hay arcos de fútbol, árboles debajo de los que se arman las ollas populares, gansos y, los días de prueba, mesas y sillas que llevan hasta allí los docentes. “Lo que más voy a extrañar cuando vuelva a la escuela es a Sandra y Rubén”, dice Camila. En las horas que antes pasaba en el colegio ahora juega a la pelota y anda en patines en su patio, mira la tele y hace algunas tareas que le mandaron en un cuadernillo. Lo distribuyó la Provincia y se usa el mismo de primero a sexto grado: los más chicos completan las primeras páginas, y los más grandes completan todo.

Cerrada. La escuela donde ocurrió la explosión.  (Germán García Adrasti)
Cerrada. La escuela donde ocurrió la explosión. (Germán García Adrasti)

“Para algunas cosas necesité ayuda y se la pedí a los maestros, por ejemplo las fracciones con el más grande”, dice Daiana, la mamá de Camila y de Kevin, que cursa sexto grado. El también juega a la pelota en su patio -“Cuando hay clases juego con mis compañeros”, se lamenta- y a la PlayStation en horas que antes destinaba a estar en el aula. “Hago la tarea y después juego, pero extraño estar con mis compañeros y con mis maestros”, cuenta.

Daiana trabaja como cuidadora de adultos mayores: día por medio, pasa la jornada entera afuera de su casa. Esos días, desde que se suspendieron las clases, su suegra o su cuñada quedan al cuidado de sus hijos. “Creo que a todos nos va a costar volver porque vamos a ir y van a faltar dos personas, pero en este momento para mí, como mamá, lo más importante es que mis hijos vayan a la escuela y no se les caiga el techo en la cabeza“, dice Daiana. En el placard de los chicos, los guardapolvos intactos desde hace 60 días y, sobre una mesa ratona, la foto de Kevin y sus compañeros el año pasado, en un campamento: Sandra sonríe rodeada de sus alumnos.

Si falta a su trabajo como niñera en Devoto, a Antonia Paz le descuentan 600 pesos del salario. “Pero a veces prefiero estar con mis hijos porque no quiero que estén solos, y mucho menos que estén solos por la calle: a partir de lo que pasó en la 49, tenemos exposición y puede ser peligroso”, dice y convida mate en su living, a media cuadra del mural que recuerda a Sandra y Rubén.

Antonia y su hija Milena. La mujer estudia Trabajo Social, pero analiza dejar
Antonia y su hija Milena. La mujer estudia Trabajo Social, pero analiza dejar la cursada (Germán García Adrasti)

“Yo extraño estar con mis maestras y con mis amigas, estudiar y también jugar a saltar la soga en el recreo”, dice Milena, hija de Antonia y alumna de cuarto grado de la 49. “En casa pinto y dibujo, y leo libros de mi hermana de 16, además de hacer la tarea que me dan en la escuela, que después llevo para que me corrijan los maestros. Tengo que llevar un lápiz por si me hacen correcciones en el momento”, explica. Sobre la mesa, sus acuarelas. “Cuando no entiendo algo, me ayuda una de mis hermanas”, suma.

Milena Paz en su casa. La nena cursa cuarto grado. Sus hermanas mayores la ay
Milena Paz en su casa. La nena cursa cuarto grado. Sus hermanas mayores la ayudan cuando no entiende algo de la tarea que le dan en los cuadernillos (Germán García Adrasti)

Esa hermana, Bárbara, es alumna la Escuela Técnica N° 1 de Moreno: tampoco tiene clases. Lo mismo ocurre con Ayelén, de 13, y Aldo, de 18, alumnos de la Escuela N° 33 de Moreno: ninguno de los cuatro hijos de Antonia tiene su escuela abierta. “En las horas en las que estaría en la escuela, mi hijo mayor va al taller metalúrgico de su tío para aprender el oficio, en San Martín”. Bárbara y Ayelén, cuenta su mamá, “se quedan en casa, se cuidan entre las hermanas, y cuando yo voy a trabajar las mira mi vecina”.

Bancos afuera de la Técnica N° 1, uno de los colegios cerrados  (Germán Garcí
Bancos afuera de la Técnica N° 1, uno de los colegios cerrados (Germán García Adrasti)

Antonia estudia Trabajo Social en la Universidad de Luján, pero este cuatrimestre, estima, va a abandonar la cursada. “No puedo descuidar a lo chicos, cambió el ritmo”, reflexiona. Como Daiana, asegura: “No me parece mal que los chicos no vuelvan aún a clases, tienen que volver cuando las escuelas estén listas”. Y se conmueve: “El aula de mi hija voló; si ella hubiera estado ahí, ya no la tendría conmigo”.

“Una de las cosas que más me preocupa es si los chicos van a poder retomar su rutina, sobre todo la más chica de los que van a primaria, que empezó la escuela hace poco. Va a costar que vuelva a ese ritmo al que había costado adaptarla. Y en el jardín de mi hijo más chico -Alejo tiene cinco años- hay nenes que dejaron de llorar hace poquito al quedarse en la salita, van a tener que volver a adaptarse“, dice Jésica en su casa del barrio San Carlos, en Moreno.

Guardapolvos colgados, en la casa de la familia Vivas (Germán García Adrasti)
Guardapolvos colgados, en la casa de la familia Vivas (Germán García Adrasti)

“La más chica” es Nicole, que cursa segundo grado: “Está terminando de aprender a leer y me resulta difícil a mí enseñarle, pero cuento con el apoyo de los maestros que están todos los días”, suma. En su casa, los guardapolvos están colgados detrás de la puerta de la habitación que comparten sus cuatro hijos, que ahora están reunidos delante del televisor: miran dibujitos animados.

Alan, el más grande de los hermanos Vivas, cursa sexto grado e incorporó un nuevo hábito a su rutina: “Me levanto un poco más tarde, hago las tareas, y a eso de las diez les hago el té a mis hermanitos”, cuenta. Antes, el desayuno, el almuerzo y la merienda ocurrían en la escuela. “Lo que más extraño es compartir con mis maestros y mis compañeros. Y aprender cosas nuevas, porque lo que está en el cuadernillo es sobre temas que ya estudié, no sobre temas nuevos“, dice Alan.

Los Vivas. El cierre de la escuela obligó a los hermanos a adoptar nuevas rut
Los Vivas. El cierre de la escuela obligó a los hermanos a adoptar nuevas rutinas (Germán García Adrasti)

Cada día, cuando llegaba a la escuela, Camila Cuenca anotaba qué día era en el primer renglón libre de su cuaderno. Hace dos meses que eso no pasa. Rinde examen en un terreno baldío. Lo que sabe de leer y escribir lo repasa con carteles publicitarios de la calle. “Extraño anotar en el cuaderno”, dice. No hay fecha certera para que su escuela, en cuya puerta hay un guardapolvo blanco con un crespón negro, vuelva a abrir. 

Julieta Roffo

Fuente: CLARIN

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Temas: Categorías: Argentina America Titulares

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