El golpe y la fiesta
El golpe y la fiesta

El golpe de Estado de 1968 fue el evento misterioso que defenestró la fiesta que celebrábamos en casa, con orquesta y todo, y donde estaban presentes parientes muy cercanos de los actores principales de una desventura que sucedía precisamente en esa fecha y a esas horas, y cuyas consecuencias, de tan larga vigencia, no eran de esperar en un país donde lo sui generis había sido la brevedad de los períodos presidenciales.

Lo que en horas de la madrugada siguiente por fin se definió –el derrocamiento del recién elegido presidente Arnulfo Arias por unos cuantos oficiales de la Guardia Nacional- se sintió en la fiesta como un invitado fantasmal que irrumpía a través de inexplicables llamadas telefónicas cuya razón nadie brindaba, limitándose los aludidos a excusarse y partir.

Recuerdo, y probablemente para siempre, cómo quedamos, sentados en las escaleras de la casa, mirando la mesa del bufet, intocada, y escuchando al conjunto musical que seguía tocando en la terraza decorada con luces, tan agradable por la fresca brisa y el luminoso rilar de las olas en el mar frente a la casa. Los músicos querían cobrar, y los dejamos tocar.

Además, no sabíamos qué había ocurrido. Nadie se atrevió a decir en voz alta lo extremo, lo dramático, lo maligno: que las noticias recibidas por teléfono avisaban de un golpe de Estado. Cuando el país todavía festejaba el triunfo del popular presidente, semejante osadía se sentía como el hundimiento del Titanic. ¿Habría que nadar en alguna dirección para salvarse?

Pero esa noche, en el cuartel, los golpistas estaban tan desorientados como el resto del país. No pretendían gobernar; su afán era salvaguardar el escalafón y garantizar la institucionalidad de su organización. También supimos que Arnulfo se dirigió a la Zona del Canal a pedir apoyo, rescate que le negaron, quizás por las estrechas relaciones que el Comando Sur había desarrollado con los uniformados panameños, que los hizo pensar que tendrían peones a su disposición.

Arnulfo, que nunca aprendió de sus yerros, traicionó el acuerdo celebrado con los militares tan pronto juramentó. Este convenio incluía reconocer a los diputados electos por la provincia de Panamá, uno de quienes era Moisés Torrijos, hermano de Omar. Además, convertía a su Guardia Presidencial en un ente autónomo y alejaba de la comandancia a los jefes principales, entre ellos a Torrijos.

Seguramente es una interrogante que se han hecho los arnulfistas y también el resto de los panameños: ¿qué resultados anticipaba Arnulfo Arias rompiendo un acuerdo con las fuerzas castrenses antes de cimentarse en el poder?

Para que un líder tan carismático como él, tan deseoso de imponer sus ideas, perdiera una y otra vez la silla presidencial por el mismo género de actos, hay que llegar a la conclusión de que, en efecto, había algo anómalo, errático, en su proceso mental.

Los golpistas, en aquellas primeras horas, seguían siendo civilistas y poco ambiciosos; tan así que su primer acto fue reunir a los políticos más influyentes para pedir orientación. No dudaban que Raúl Arango, vicepresidente electo con Arnulfo Arias, debía ocupar el solio. Solo su negativa los obligó a replantearse la situación.

Y fue entonces -como era de esperar – cuando cayeron en cuenta que no había en el país autoridad política ni fuerza alguna que pudiera quitarles el timón.

Lo que sobrevino después en el drama más contundente de la política criolla es historia patria.

Aunque nunca apreciamos suficiente lo que, en toda la saga torrijista, fue el día más afortunado para Panamá: cuando Omar exilió a Boris Martínez. Cuál sería el detonante para el rompimiento de la mancuerna, y cómo se exilia a un militar con mando, lo desconozco.

Pero que yo sepa, no se ha reconocido abiertamente lo peligrosa que habría sido la alternativa. De los golpistas, Boris Martínez sin duda era el erudito, el ideólogo con simpatías marxistas y nexos cubanos, e inevitablemente habría convertido a Panamá en otra catástrofe de los Castro; como Nicaragua, como Venezuela. ¡Qué suerte que fue Omar Torrijos quien quedó al mando!

A partir del 68, y hasta el 89, vivimos un caleidoscopio de acontecimientos, buenos y malos. La reconquista del Canal y de nuestra soberanía sobre la franja canalera es el hito magno y trascendente del gobierno torrijista. Quizás Omar nació con ese destino.

Aplaudo que el 50 aniversario del golpe de Estado torrijista invite a la recopilación mediática de un evento que para los jóvenes no existe. Porque cada generación se debe incorporar al común devenir.

Fuente: LA PRENSA

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Temas: Categorías: America Panama

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