Fotografía de archivo del encuentro entre Donald Trump y Mohammed bin Salman
Fotografía de archivo del encuentro entre Donald Trump y Mohammed bin Salman en marzo MANDEL NGANAFP

Febrero de 1945 marcó la Historia del mundo. Del 4 al 11 de ese mes, en la ciudad-balneario de Yalta, en Crimea, el dictador soviético Josef Stalin, el presidente de EEUU, Franklin Delano Roosevelt, y el primer ministro británico, Winston Churchill, se dividieron el mundo de la posguerra mundial en un momento en el que a la Alemania nazi y al Japón imperial estaban a punto de rendirse. Las decisiones que allí se tomaron marcaron la existencia del mundo hasta el colapso del comunismo en Europa del Este en 1989.

Pero, si Yalta dejó de tener influencia hace 29 años, hay otro acuerdo, más informal e ignorado por la Historia, que tuvo lugar aquel mismo mes y que aún hoy marca la geopolítica mundial. Fue el 14 de febrero, en Egipto, cuando, en el crucero estadounidense Quincey, Roosevelt, que regresaba de Yalta, se entrevistó con el rey Abdelaziz Ibn Saud de Arabia Saudí.

Aquel Día de los Enamorados nació una alianza entre EEUU y Arabia Saudí que lo ha resistido todo: embargos petroleros, guerras, la nacionalización de activos de empresas energéticas estadounidenses, la desaparición del enemigo común, la URSS, – que, para muchos, era la razón de ser de la alianza -, y hasta la matanza del 11-S, perpetrada por 19 terroristas de los que 15 eran saudíes, a las órdenes de otro saudí, Osama bin Laden. Es una alianza que esta semana ha alcanzado un grado más con el apoyo del Gobierno de Donald Trump al ‘hombre fuerte’ saudí, el príncipe Mohamed bin Salman, en la controversia por el presunto asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado de ese país en la ciudad de Estambul, en Turquía.

El matrimonio entre Washington y Riad es una unión contra natura. De un lado, una república democrática basada en los principios de la Ilustración; de otro una monarquía absoluta de derecho divino. Encima, la parte más fuerte del pacto, EEUU, tiende a ser quien se inclina ante la más débil, Arabia Saudí.

La deferencia estadounidense – y, en general, occidental – ante Arabia Saudí ya quedó clara aquel 14 de febrero de 1945 en el Quincy. La disparidad de poder era abrumadora. Roosevelt – o, como se le conoce en EEUU por sus iniciales, FDR – regresaba de repartirse el mundo con Stalin. Ibn Saud salía por primera vez en su vida de su reino. Y, aun así, fue Abdulaziz quien impuso las condiciones.

Cuando abordó el destructor Murphy, que le iba a llevar hasta el Quincy, el rey se presentó con cien ovejas y corderos, aunque accedió a dejar en tierra 92 de ellos tras constatar que el barco tenía provisiones para la semana que iba a durar el viaje. Aun así, se llevó ocho animales, que su séquito sacrificó y cocinó en cubierta, según narra el periodista y consultor Daniel Yergin en su obra canónica de la política petrolera del siglo XX ‘La historia del petróleo’. Ibn Saud no quiso dormir en un camarote, sino en una jaima que su séquito de 48 personas – incluyendo un astrólogo – levantó en la cubierta del Murphy.

FDR siguió el juego, y se esforzó al máximo para caer en gracia al estricto wahhabi – es decir, seguidor de la secta más dura del Islam – que tenía de huésped. El estadounidense, que fumaba sin parar, no echó una calada frente al Ibn Saud en las cinco horas que duraron sus conversaciones, y llegó a encerrarse en un ascensor para gozar de un par de cigarrillos sin que el rey se enterara.

Los temas de negociación suenan muy actuales: “Petróleo, Dios, e inversiones inmobiliarias“, como los resumió en 2008 la historiadora Rachel Bronson en su libro sobre la relaciones saudí-estadounidenses ‘Thicker tan oil’ (Más espeso que el petróleo). FDR logró del saudí primacía para las petroleras de su país en detrimento de las británicas, a cambio de garantizar la independencia del reino de Saud respecto a la potencia colonial tradicional del área, que era, precisamente, Gran Bretaña. Y, aunque no logró convencerle de que apoyara la creación de un Estado judío en Palestina, el presidente de EEUU se pudo considerar satisfecho por el encuentro. Lo mismo que Ibn Saud, que guardó como uno de sus objetos más preciados el regalo que le hizo FDR: su silla de ruedas. El estadounidense era paralitico debido a la polio. El rey tenía problemas para caminar por sus heridas en las guerras contra otras familias feudales.

Un juego de alianzas

La alianza, hoy, no ha cambiado tanto. El petróleo está ahí. Y la cuestión inmobiliaria, bajo la forma de los dos yates que Trump ha vendido a los saudíes, que se suman a una planta completa de una de sus Torres Trump, y a los “cuarenta, cincuenta millones” que, según el presidente estadounidense, los súbditos del reino del desierto invierten cada año en sus propiedades inmobiliarias. Dios sigue presente. Al menos, para los ‘cristianos sionistas’ de EEUU, que defienden a Israel a cualquier precio, y a los que Bin Salman ha encandilado con su alianza con Tel Aviv. Una alianza, si cabe, más extraña que la que tienen Arabia Saudí y EEUU, y que se debe, en parte, al enemigo común: Irán.

La tensión de 1945 con Gran Bretaña es hoy con Irán, contra el que EEUU va lanzar un bloqueo petrolero total dentro de 12 días. Pero también está Turquía. Si Irán y Arabia Saudí luchan por la supremacía en el mundo islámico, Turquía y Arabia Saudí tienen un enfrentamiento por el liderazgo del Islam suní. Como explica una fuente diplomática, “el que descuartizaran a Khashoggii en, precisamente, Turquía, podría interpretarse como una señal a ese país”.

Trump está llevando al extremo lo que hizo FDR. En vez de marginar a Londres en beneficio de Riad, el presidente de EEUU está dejando de lado a Turquía, un miembro de la OTAN, para mantener su alianza con Israel y la propia Arabia Saudí contra Irán. Trump decide su política en Oriente Medio exclusivamente con Tel Aviv y con Riad. Si a Europa le molesta, que se aguante.

Es algo que, de nuevo, tiene un precedente en 1945. Cuando el primer ministro británico, Winston Churchill, se enteró de la reunión de FDR e Ibn Saud en el Quincey exigió un encuentro similar para contrarrestar la acción de su aliado. Así, el 17 de febrero, el rey se encontraba con Churchill en un hotel en Egipto. Pero la reunión no fue bien.

La actitud del primer ministro británico Churchill debió de ser la confirmación de los peores temores de Ibn Saud respecto a Londres. “Yo era el anfitrión, y le dije que, si su religión le hacía decir esas cosas – escribió Churchill en relación a la prohibición wahhabi de fumar y beber alcohol -, mi religión prescribía como un rito absolutamente sagrado fumar cigarros y beber alcohol antes, después – y, si era necesario, en los intervalos – de las comidas”.

Con ese punto de partida, no es de extrañar que Gran Bretaña no rompiera el romance de Arabia Saudí y EEUU. Y eso que Ibn Saud no ahorró esfuerzos. El rey le entregó al primer ministro como regalo espadas con piedras preciosas incrustadas, además de la friolera de 1.500 kilos de perlas y diamantes que, dijo, no eran para Churchill, sino “para su hembraje”, una palabra que según el Diccionario de la RAE significa “conjunto de las hembras de un ganado” y “conjunto o grupo de mujeres”, y que es la traducción más aproximada que este cronista ha podido encontrar de la muy sexista y arcaica palabra inglesa “womanfolk” y que, según Yergin, es la que empleó el traductor del encuentro. Churchill, avergonzado – por la generosidad de Ibn Saud, no por lo del “hembraje” -, tuvo que darle al rey un Rolls-Royce de su séquito. Hoy, 73 años después, es claro que la silla de ruedas de Roosevelt ha tenido una influencia mucho más duradera que el Rolls de Churchill.

PABLO PARDO

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: Mundo

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