Mitin de VOX en la plaza de toros de Vistalegre, ayer.
Mitin de VOX en la plaza de toros de Vistalegre, ayer. JAVI MARTÍNEZ

La puesta de largo de Vox en Vistalegre ha coincidido con su estreno en las encuestas electorales, donde distintos medios han señalado en las últimas semanas que el partido liderado por Santiago Abascal podría conseguir entre el 1,5% y el 3% de los votos en las próximas elecciones generales. Se trata del retorno a los sondeos y, de paso, al debate público, de un partido que desde las elecciones europeas de 2014, en las que no consiguió representación, ha vivido extramuros de las principales instituciones políticas. Y, en términos comparados, supone la incorporación de España al conjunto de sistemas de partidos europeos que cuentan con representantes populistas en la derecha y la izquierda.

Pero la presentación pública del proyecto político de Vox, resumido en el lema “España, primero”, también coincide con el trabajo de construcción de una alianza europea de partidos nacional-populistas que Steve Bannon, el ex asesor de Trump, está impulsando desde primeros de 2018. Esta coincidencia no debe subestimarse. La plataforma de Bannon, llamada The Movement, está concebida como la antítesis de la fundación Open Society del magnate húngaro George Soros. Su objetivo es fortalecer la colaboración entre los distintos actores nacional-populistas para articular una estrategia común y armonizar un discurso conjunto con la vista puesta en las elecciones europeas de mayo de 2019. Y en la medida en la que la fractura soberanismo-europeísmo se vaya imponiendo a ejes políticos más clásicos como marco ideológico en el que se desarrollará la campaña electoral, el nacional-populismo puede contar con una mayor visibilidad y expectativa de éxito.

Este doble contexto en el que se inscribe el acto de Vistalegre podría favorecer un momento Vox en la política española. La incorporación a las encuestas electorales permite visibilizar su voto como útil movilizando el apoyo de simpatizantes que, de otro modo, optarían por otras opciones con mayores posibilidades de conseguir representación política. Del mismo modo, su participación en el movimiento europeo de Bannon, ya anunciado desde abril, puede permitir a Vox beneficiarse de los recursos, organización y visibilidad que ofrecen partidos populistas de derecha con experiencia de poder que ya gobiernan o que aspiran a gobernar en sus países. Y, sobre todo, puede resultar un gran altavoz para elevar sus demandas a nivel europeo.

Con todo ello, ¿cuál es la expectativa real para un partido como Vox? Lo cierto, como mostraba ayer el reportaje publicado por Marisol Hernández en este diario, es que el margen de crecimiento para un actor político con las características de Vox resulta estrecho. Pues más allá de que la crisis catalana y la cuestión de la exhumación de Franco puedan servir de plataforma para seguir creciendo en intención de voto de forma coyuntural, la actual configuración ideológica de Vox limita su potencial electoral. La comparación, en este caso, debe hacerse con los partidos nacional-populistas europeos a los que se asocia en el continente. La mayoría de ellos, como la Liga o el Frente Nacional, han culminado el “giro soberanista” renunciando a su discurso tradicional que combinaba un fuerte nacionalismo con posiciones pro mercado y anti estatalistas -contrarias, en definitiva, al consenso ideológico de posguerra- para asumir la defensa del proteccionismo y el Estado de bienestar -aunque limitado a un grupo nacional concreto-. A este giro se debe su capacidad de romper con la frontera del eje izquierda-derecha y movilizar con éxito a un electorado ajeno a la cultura política de la derecha para sumarlo al soberanismo.

En Vox, ciertamente, no falta un mensaje anti establishment que incluye tanto a los partidos y a las “oligarquías, caciques, lobbys u organizaciones supranacionales”, como señalan sus “100 medidas para la España viva”. Así como un discurso duro con la inmigración ilegal que sitúa su mensaje político en la órbita de Le Pen y Salvini. Sin embargo, su nacionalismo se conjuga con valores morales tradicionales, un discurso económico liberal y una visión de la historia de España anclada a mitos como la reconquista o una lectura de la Guerra civil en clave anti comunista. Y al mismo tiempo que este discurso configura un espacio electoral que puede circunscribirse con éxito a cierto tipo de votante natural del PP, neutraliza, sin embargo, toda posibilidad de realizar un proyecto interclasista que aspire a movilizar a un electorado ajeno a la derecha -ayer mismo, Le Pen y Salvini se presentaron en Roma en la sede de un sindicato obrero, algo difícil de imaginar con Abascal-.

Se trata, en todo caso, del extraño populismo español. Pues la experiencia de Podemos, también vinculada simbólicamente a Vistalegre, puede leerse como un proyecto que renuncia a la aspiración original de superar el eje izquierda-derecha para asumir el discurso, los mitos y los ritos de la izquierda española, desde el Dos de mayo hasta la retórica anti fascista.

JORGE DEL PALACIO

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: España Mundo

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