La familia real acompañada del resto de autoridades durante el acto
La familia real acompañada del resto de autoridades durante el acto conmemorativo del Día de la Fiesta Nacional, el pasado 12 de octubre. JAVIER BARBANCHO

La oposición frontal de Podemos a la Monarquía, que entronca con la campaña de desgaste a la que los partidos nacionalistas quieren someter a la institución, no constituye ninguna novedad. Al contrario, la crítica de la Corona ha estado presente en los discursos de Podemos desde su fundación. Siempre junto al diagnóstico, a la vez histórico y político, que señala la permanencia de la Monarquía como uno de los factores que han bloqueado la verdadera democratización del sistema político español.

Ciertamente, el partido liderado por Pablo Iglesias no siempre se ha mostrado abiertamente hostil con la Monarquía. De hecho, ha sabido modular su radicalismo dosificándolo y sometiéndolo a los límites de la política realizable. Se trata del estilo de política que el socialdemócrata austriaco Karl Renner bautizó como «política del radicalismo verbal». Su fundamento consiste, básicamente, en la combinación simultánea, no siempre fácil ni coherente, de llamamientos revolucionarios con una práctica política contemporizadora con las instituciones. Sin embargo, la evaluación de fondo de Podemos sobre el papel de la Monarquía en la política española nunca ha cambiado.

En el discurso de Podemos el rechazo de la Monarquía ha estado envuelto en la crítica más general de la Transición como momento fundacional del llamado «régimen del 78». Siempre interpretado en términos gramscianos como una «revolución pasiva» o «maniobra de restauración ampliada», como la define Iñigo Errejón en su libro con Chantal MouffeConstruir pueblo. Un proceso de democratización imperfecto al que se reconoce haber conseguido avances en materia de derechos, pero al que se condena por un pecado original: el compromiso con los herederos del franquismo que consolida para la vida democrática a los poderes oligárquicos. En esta interpretación, que no atiende a ningún matiz, la Corona comparece como el símbolo de la continuidad entre la dictadura y la democracia.

Apoyándose en la crítica de la Transición, la estrategia de Podemos siempre ha pasado por plantear un debate maniqueo entre Monarquía o democracia. No es difícil encontrar intervenciones de Iglesias donde se afirma que Monarquía y democracia son principios contradictorios que encuentran su mejor expresión en la historia de España. Una posición teórica que no serviría, por ejemplo, para explicar por qué en el índice de calidad democrática que publica The Economist, por citar uno, tres monarquías constitucionales -Noruega, Suecia y Dinamarca- se sitúan entre las cinco primeras posiciones.

Sin embargo, el discurso de Podemos no busca animar una conversación pública seria sobre el potencial democrático de una monarquía constitucional, sino deslegitimar a la Corona para movilizar a las fuerzas independentistas contra el sistema y desestabilizar al PSOE. Por eso los ideólogos de Podemos cultivan con esmero la idea en virtud de la cual el advenimiento de la verdadera democracia solamente se produce en la historia a través de la ruptura y nunca vía reforma del sistema.

En última instancia, el debate de fondo que Podemos plantea entre Monarquía o democracia no deja de ser, en realidad, un debate entre dos modelos de democracia -el liberal y el revolucionario- que ya fue señalado por el sociólogo Raymond Aron en la posguerra como uno de los grandes debates contemporáneos de nuestro tiempo. Donde el modelo liberal ha consistido en la ampliación progresiva de las libertades, mientras el revolucionario, con su culto al modelo jacobino, en la transferencia del poder absoluto al pueblo. Donde el primero se ha caracterizado por el cuidado frente a la arbitrariedad del poder, cuando el segundo ha considerado prioritario garantizar el origen popular del poder frente a la limitación del mismo.

JORGE DEL PALACIO

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: España Mundo

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