Carteles electorales de la AfD y el Partido Bávaro para las elecciones region
Carteles electorales de la AfD y el Partido Bávaro para las elecciones regionales de Baviera. AFP

Los alemanes son muy buenos en organización. Crean teorías, modelos o bases con las que llegan a cambiar cómo se organiza el mundo. Cómo se aspira, cómo se lava, cómo se conduce, cómo se mide, cómo se ve. Desde Albert Einstein y su concepción del tiempo y el espacio, hasta muchas herramientas que usamos todos los días.

No en vano fue un alemán quien inventó el “azul Berlín”, casi insoluble al agua, con el que se comenzaron a trazar los planos hace trescientos años y que da origen a la palabra ‘blueprint’ (cianotipo, anteproyecto, diseño, hoja de ruta…).

Las elecciones de octubre en Baviera, la segunda región más rica de Alemania, marcarán el ‘blueprint’ para la política de los próximos años en Europa. La canciller germana Angela Merkel (CDU) ganó un nuevo mandato el año pasado en Berlín, pero su compañero de coalición, el líder bávaro Horst Seehofer (CSU), la hace caminar por la plancha de los tiburones al menos una vez a la semana. La alianza parece frágil y será revisada el año que viene. Partidos de extrema derecha llaman a las puertas.

Baviera es el ‘land’ más extenso, tiene la tercera ciudad alemana más poblada (Múnich), ostenta una de las rentas per cápita más altas del mundo, un producto interior bruto superior al de muchos países y es la sede europea de empresas como Siemens, Allianz, Audi, Microsoft, General Electric, Sony, Infineon, Intel, Adidas, Puma o BMW (cuya “B” quiere decir “bávaro”). Múnich es además donde Hitler fundó su partido nazi y cuajó sus planes imperiales.

Tradicionalmente, Baviera aporta hasta un 30% de los votos que sostienen a un gobierno conservador en Berlín. Si Baviera estornuda, Alemania se resfría. Si Alemania se resfría, muchos nos quedaremos congelados.

En las anteriores elecciones bávaras, el conservador Seehofer recuperó la mayoría absoluta, perdida en los comicios previos por primera vez en cincuenta años. Los socialistas, los verdes y los “votantes libres” (un partido heterogéneo local sin lazos en Berlín) se quedaron en la oposición. Los liberales se cayeron del parlamento. La derecha radical Alternativa por Alemania (AfD) no caminaba aún.

Cuatro años más tarde, AfD entró con grandes zuecos de madera en el parlamento federal tras las elecciones alemanas.

Entonces nos pasamos la mano por la frente aliviados cuando no tuvieron opción de gobernar, y acto seguido la agitamos bien fuerte con temor cuando descubrimos que fueron la tercera fuerza más votada, solo por detrás de los partidos que han gobernado Alemania desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los socialistas (SPD) y los conservadores (CDU-CSU).

Con citas electorales importantes en Francia, Reino Unido, Noruega, Austria, Turquía y, por supuesto, en Alemania, entonces se habló y se escribió mucho sobre el avance de la extrema derecha en Europa. Luego, los focos se fueron a otra parte, pero la realidad siguió su ritmo.

Desde el año pasado, se han producido en Alemania incidentes graves entre refugiados y partidarios de la extrema derecha, suficientes tuits sobre el tema para cubrir las hojas de la Biblia dos veces y debates expertos en ciclo continuo sobre si los xenófobos son solo ciudadanos cansados, si “la inmigración es la madre de todos los problemas” (el ahora ministro alemán de Interior Seehofer dixit) y si el sentido común imperará porque #wirsindmehr (#nosotrossomosmás, en español).

En este contexto, y en la resaca del Festival de la Cerveza de Múnich, la fiesta popular más grande del mundo, los bávaros acudirán a las urnas el 14 de octubre. Tendrán que elegir entre los partidos de siempre, polarizados hacia la izquierda y hacia la derecha, y los nuevos competidores. El problema es que, entre los estiramientos de la CSU para que “no haya nada a la derecha de mi partido” y la normalización de discursos que hace diez años parecían extremos, el sentido común no solo está dejando de ser común. Está dejando de ser sentido.

Los alemanes cargaron con la culpa durante décadas por la guerra mundial y ahora muestran con orgullo la gestión de esa culpa. Pero desde esa altura moral no se puede intentar disolver el odio incluyendo partes del discurso xenófobo en la normalidad. Tiene que haber un límite, una línea roja, más allá de la cual se diga “no”. No es normal. No es aceptable. No es humano. Ni siquiera es inteligente.

El calendario de las dieciséis elecciones regionales alemanas es continuo y salpica todo el ciclo de gobierno federal. Ya ha habido comicios en otros ‘länder’ y este octubre se celebran también en Hessen y meses después, en Bremen. Pero lo que pase en Baviera es definitorio para la sostenibilidad del gobierno en Berlín y para el dibujo de esa línea roja.

Los archivadores, el ordenador y el DIN A4 (“D” para ‘Deutsch’, alemán) son invenciones alemanas. Los campamentos de refugiados gestionados por alemanes son generalmente un ejemplo de eficacia en cooperación internacional. Otros campamentos alemanes, con sus detalladas listas de presos y fallecidos, incluida la hora de defunción, fueron también un ejemplo del horror. Ojalá sean ahora capaces de organizarse para crear un ‘blueprint’ de la Europa necesaria.

Begoña Quesada

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: Mundo

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