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Bien dicen que la tecnología es un arma de doble filo. Tal fue lo que le pasó al programador Ibrahim Diallo, quien fue despedido de su trabajo, no por su jefe, sino por el sistema automatizado de la empresa.

“La máquina me despidió. Ningún humano pudo hacer nada al respecto!”, relata Diallo en un blog que escribió sobre lo ocurrido para alertar y crear conciencia de alcance, en este caso perjudicial, que puede tener la automatización de procesos en las compañías.

 

Diallo llevaba trabajando en la misma empresa en California, Estados Unidos, durante más de medio año, cuando un día su tarjeta de entrada simplemente dejó de funcionar. Las alertas rojas comenzaron a llegar ese día, una llamada de su reclutador y otra de su gerente. Al día siguiente, su tarjeta tampoco le permitió el acceso al estacionamiento del edificio. Nuevamente, los vigilantes le ayudaron a darle el acceso para que ingresara.

 

Mientras que su gerente resolvía el problema, los vigilantes tuvieron que sacarle un pase temporal cada mañana, que expiraba al finalizar la jornada. Una tarde, al querer marcar en el sistema que había acabado su trabajo por ese día, también su sesión se cerró y no pudo volver a entrar con sus credenciales de identificación. Así que le pidió a un compañero revisar su número de ticket, y resultó ser que aparecía como “Inactivo”.

En ese momento aún pensó que era una cuestión que su gerente podía resolver. Así que bajó a comer como cualquier otro día y decidió subir por las escaleras. Sin embrago, nuevamente no pudo abrir la puerta ya en su piso, por lo que tuvo que esperar unos 10 minutos a que otro compañero que pasó le abriera. Ya era el colmo de la situación.

 

El correo de su despido

Fue entonces que su reclutador le llamó en pánico para hacerle saber que había recibido un correo indicándole que Diallo había sido despedido. No obstante, al contar lo ocurrido a su gerente, le afirmó que estaba igualmente sorprendida porque ella no había recibido tal información y le creó un ticket provisional para que pudiera seguir trabajando el resto de la jornada.

 

Al día siguiente, decidió tomar un Uber para no volver a tener el mismo problema con el acceso al estacionamiento. Sin embargo, esta vez el vigilante del edificio no pudo abrirle dado que su nombre estaba marcado en el sistema y aparecía en rojo. Su gerente tuvo que bajar por él y el reclutador le había enviado un mensaje diciéndole que no fuera a trabajar porque acababa de recibir otro correo informándole que había sido despedido. Fue momento de ir con la directora.

Una vez en la oficina de la directora, le aseguró que todo se resolvería. Y aunque dio la orden de restablecer todo a la normalidad, fue en ese momento que ella recibió el mismo correo que afirmaba que Diallo había sido despedido. No obstante, le dijo que fuera a trabajar al día siguiente de forma normal.

La gota que derramó el vaso sería precisamente esa jornada. Al mediodía, los vigilantes fueron a por él para escoltarlo a la salida del edificio. La directora, relata el programador, estaba furiosa porque de nuevo habían recibido un correo sobre su despido. ¿Quién lo había enviado? Nadie lo tenía muy claro, el sistema simplemente lo había dado de baja en todos lados.

Fui despedido. No había nada que mi gerente pudiera hacer al respecto. No había nada que la director pudiera hacer al respecto. Se quedaron parados impotentes mientras yo empacaba mis cosas y abandonaba el edificio.

“Es un caso para la Araña”

“Durante las siguientes tres semanas, fui copiado en los correos electrónicos sobre mi caso. Vi como escalaba a títulos cada vez más grandes y poderosos una y otra vez, pero nadie podía hacer nada al respecto”, relata el programador. “De vez en cuando, adjuntaban un correo del sistema. No tenía alma y estaba escrito en rojo, ya que daba órdenes que dictaban mi destino. Inhabilite esto, inhabilite lo otro, revoque el acceso aquí, revoque el acceso allá, escóltelo fuera de las instalaciones, etc.”

 

El sistema quería sangre y yo era su primera víctima.

“El caso para la Araña” se resolvió después de tres semanas en las cuales no pudo trabajar y, por tanto, tampoco cobrar su salario. Su reclutador le explicó, lo que hasta ahora ya intuíamos, una vez que se ordena el despido de un empleado, el sistema toma el control y envía las órdenes de forma automática, desencadenando de esta manera las demás órdenes, como vimos ocurrió a Diallo. No hay forma de detener el proceso.

Al final, tuvo que volver a ser contratado como un nuevo empleado, con lo que ello conlleva e implica. Diallo tenía contrato de tres años, de los cuales llevaba ocho meses trabajando. Lo que ocurrió es que justo antes de ser contratado en ese momento, esa compañía fue comprada por otra más grande y él se unió durante la transición. Por ello, el gerente que llevó a cabo su contratación era de la administración anterior, pero luego fue despedido y no renovó el contrato del programador en el nuevo sistema. He ahí todo el meollo del asunto.

Cuando expiró mi contrato, la máquina se hizo cargo y me despidió.

Para Diallo fue muy vergonzoso tener que ser escoltado fuera del edificio como si fuera un ratero y explicar su ausencia a sus compañeros, quienes se volvieron distantes con él. Todo porque “un simple error de automatización (característica) que hizo colapsar todo”, explica el programador.

 

El programador finalmente decidió no quedarse a trabajar en esa empresa pese a la gran oportunidad laboral que representaba para él. “La automatización puede ser un activo para una empresa, pero es necesario que haya una forma de que los humanos se hagan cargo si la máquina comete un error. Me perdí tres semanas de pago porque nadie podía detener la máquina”, concluyó.

Paloma Beamonte

Fuente: HIPERTEXTUAL

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Temas: Categorías: Selección Tecnologia

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